Obrigado, Perdão Ajuda-me

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As minhas capacidades estão fortemente diminuídas com lapsos de memória e confusão mental. Esta é certamente a vontade do Senhor a Quem eu tudo ofereço. A vós que me leiam rogo orações por todos e por tudo o que eu amo. Bem-haja!

quarta-feira, 21 de novembro de 2012

Economía de Mercado y Ética por Joseph Ratzinger

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(Exposición en la Conferencia "Iglesia y Economía: responsabilidad para el futuro de la economía mundial" celebrada en la Universidad Pontificia Urbaniana en noviembre de 1985)

La desigualdad económica entre el Norte y el Sur del globo terráqueo constituye una amenaza interior cada vez mayor para la cohesión de la familia humana que podría terminar por configurar un peligro no menor para la prolongación de nuestra historia que el de los arsenales de armamentos con los que se enfrentan el Este y el Oeste.

Urgen, por lo tanto, nuevos esfuerzos que permitan superar esta tensión por cuanto los métodos ensayados hasta ahora no fueron suficientes; por el contrario, en los últimos treinta años la miseria en el mundo aumentó hasta alcanzar dimensiones realmente estremecedoras. En la búsqueda de soluciones que realmente signifiquen un avance, hacen falta nuevas ideas económicas que, a su vez, no parece puedan ser concebidas ni menos realizadas sin nuevos impulsos éticos. Aquí se ofrece la posibilidad y la necesidad de un diálogo entre la Iglesia y la economía.


No se comprende a simple vista .sobre todo en el enfoque clásico de la economía- qué pueden tener en común la Iglesia y la economía, salvo que la Iglesia es también un agente económico y como tal un factor del mercado. Sin embargo, no ha venido a participar del diálogo con la economía en esa calidad de elemento económico sino propiamente como Iglesia. Surge entonces una objeción fundada en la reafirmación hecha por el Concilio Vaticano II que señala la necesidad de respetar la autonomía de las respectivas esferas, es decir, que la economía debería funcionar siguiendo sus propias reglas de juego y no operar en función de consideraciones morales exógenas.

Pues en el ámbito económico se asigna vigencia a la tradición inaugurada por Adam Smith según la cual el mercado es incompatible con la ética porque "cualquier acción moral voluntaria contradice las reglas del mercado y simplemente termina por desplazar al empresario moralizante del mercado". Durante mucho tiempo la ética económica se consideró, por consiguiente, expresión hueca, dado que en la economía se trataría de efectividad y no de moralidad. Era la lógica interna del mercado la que nos debía liberar de la necesidad de tener que apoyarnos en la mayor o menor moralidad de los diferentes agentes del mercado. El juego correcto de las reglas del mercado era lo que mejor garantizaría el progreso y la justicia distributiva.

Los grandes éxitos que esta teoría logró en determinados terrenos impidieron durante mucho tiempo advertir cuáles eran sus límites. Ante el cambio operado en la realidad comienzan a evidenciarse sus tácitos condicionamientos filosóficos y se hacen más notorios sus problemas. Pese a que este criterio apunta a la libertad de los diferentes agentes económicos y en tal sentido merece el calificativo de libertario, es esencialmente determinista. Presupone que el libre juego de las fuerzas del mercado, tal cual son los hombres y el mundo, sólo puede actuar en un sentido, o sea en función de la autorregulación de la oferta y la demanda, es decir, en función de la efectividad y del progreso económico. Este determinismo, donde el hombre -con una libertad aparente- en el fondo no actuaría sino en función de las leyes inalterables del mercado, presupone también una condición muy distinta y quizás aún más asombrosa: que las supuestas leyes naturales del mercado son esencialmente buenas y que propenden necesariamente hacia lo bueno.

Ambos presupuestos no son del todo falsos, tal como lo demuestran los éxitos obtenidos por la economía de mercado, pero ninguno de los dos es tampoco infinitamente extensible, ni infinitamente cierto, según lo evidencian los presentes problemas de la economía mundial. Sin la intención de penetrar en un análisis detallado, quiero recalcar una frase de Peter Soslowski que va al centro de las cuestión:
"La economía no es gobernada sólo por leyes económicas, sino que está determinada por hombres". Aun cuando la economía de mercado se basa en la integración del individuo a una determinada red de normas, no puede hacer superfluo al hombre excluyendo su libertad ética del quehacer económico. Hoy se tienen cada vez más evidencias de que el desarrollo de la economía mundial también guarda relación con la evolución de la familia humana, y que para el desarrollo de la comunidad internacional cobra sustancial significación el desarrollo de las fuerzas espirituales del hombre.

También las fuerzas espirituales son un factor económico: las reglas del mercado sólo funcionan cuando existe un consenso moral básico que las sostiene.

Hasta aquí he tratado de hacer referencia a la dualidad que existe entre un modelo económico netamente lineal y un planteo ético, tratando de encuadrar un primer tema que seguramente habrá de desempeñar un papel importante en este simposio. Pero también es necesario mencionar una realidad inversa. El tema del mercado y de la moral ha dejado ya de ser un mero problema teórico. Como la desigualdad de las diferentes regiones económicas hace peligrar el juego del mercado, en las década de 1950 se buscó establecer el equilibrio económico mediante programas de desarrollo.

Hoy no podemos dejar de ver que este intento ha fracasado en su forma tradicional y que incluso ha agudizado la desigualdad. Como consecuencia de ello, numerosos sectores del Tercer Mundo que en un primer momento miraron esperanzados la ayuda al desarrollo, ven ahora la causa de su miseria en la economía de mercado, a la cual consideran un sistema de explotación, la encarnación de la injusticia. En esta perspectiva asoma la economía dirigida y centralizada como alternativa moral que despierta un fervor casi religioso. La economía de mercado, ciertamente, apuesta al efecto positivo del egoísmo que encuentra su limitación en su competencia con otros egoísmos; la economía dirigida parece encarnar, en cambio, la idea de una conducción justa, cuyo objetivo es lograr derechos iguales para todos y una distribución homogénea de los bienes entre todos.

Los antecedentes de que disponemos no son alentadores, pero ello no invalida la esperanza de que finalmente logremos que la concepción moral prevalezca. En efecto, el razonamiento sostiene que si desarrollásemos todo sobre un fundamento moral más sólido sería posible reconciliar la moral y la efectividad en una sociedad cuyo objetivo no sea obtener un máximo de beneficios sino la autolimitación y la vocación de servicio. De este modo la disputa entre economía y ética se vuelve cada vez más en contra de la economía de mercado y a favor de una economía dirigida y centralizada a la que se cree dar plenamente un acertado fundamento ético.

Sin embargo, toda la dimensión del problema aquí planteado llega a manifestarse sólo si integramos un tercer espacio de reflexiones económicas y teóricas que caracterizan el panorama de la situación actual: el mundo marxista. En cuanto a su estructura teórica, económica y práctica, el sistema marxista como economía dirigista se opone diametralmente a la economía de mercado. La salvación así propuesta consiste en que el derecho privado no se ejerce sobre los bienes de producción, en que la oferta y la demanda no se coordinan mediante la competencia en el mercado y que por lo tanto no queda espacio para las ansias de ganancia, sino que todas las decisiones irradian desde la administración central.

Pero pese a esta oposición radical en los mecanismos económicos concretos existen también coincidencias filosóficas más profundas. La primera consiste en que también el marxismo es un determinismo, que también él promete la liberación total como fruto de tal determinismo. Por ello es un error básico suponer que el sistema de dirigismo centralizado es un sistema moral en esencia distinto del sistema mecánico de la economía de mercado. Expresión clara de ello es que, por ejemplo, Lenín reafirmaba la tesis de Sombart según la cual en el marxismo no existe ninguna Gran Ética sino sólo leyes económicas. En efecto, el determinismo es mucho más radical y fundamental en el marxismo que en el liberalismo: éste último reconoce por lo menos el ámbito de lo subjetivo comprendido como espacio de lo ético; en el marxismo, por el contrario, el devenir y la historia se reducen por completo a la economía, y cualquier delimitación de un ámbito subjetivo propio se interpreta como resistencia a las leyes de la historia, únicas vigentes, a una reacción hostil al progreso imposible de tolerar. La ética se reduce aquí a la filosofía de la historia y ésta se desintegra en estrategia partidaria.

Pero volvamos sobre las coincidencias en las bases filosóficas entre marxismo y capitalismo en una acepción más estricta. La segunda coincidencia consiste en que el determinismo incluye el rechazo a la ética como variable independiente y relevante para la economía. Una manifestación dramática de ello en el marxismo es que la religión se ve remitida a la economía, como si fuera mero reflejo de cierto sistema económico; por lo tanto, el marxismo la considera a la vez obstáculo para el conocimiento y la acción correctas y obstáculo para el progreso que persiguen las leyes naturales de la historia.

Se presupone nuevamente que la historia que transcurre en la dialéctica de lo negativo y positivo terminará por desembocar en una positividad total, como consecuencia de una esencia interior de ninguna manera demostrada.

Es evidente que en un enfoque de esta naturaleza la Iglesia nada positivo podría aportar a la economía mundial, y sólo aparecería en el debate económico como algo a ser superado. En épocas más recientes se supuso que durante ese proceso podría servir como medio para su propia destrucción y por ende como instrumento de "las fuerzas positivas de la historia"; evidentemente, en nada cambia esto la tesis básica.

Por lo demás, prácticamente todo el sistema vive de la apoteosis de la dirección central, en la cual quedaría reflejado el mismísimo espíritu del siglo. Que esto es un mito en el sentido más nefasto de la palabra se comprueba de manera cotidiana. Así, el rechazo frontal al diálogo concreto entre la Iglesia y la economía que subyace a este pensamiento parece una conclusión necesaria.

En el intento de describir las posibilidades de un diálogo entre Iglesia y economía me encontré, además, con un cuarto aspecto ilustrado con la frase acuñada en 1912 por Teodoro Roosevelt: "Creo que la asimilación de los países latinoamericanos a los Estados Unidos será difícil y larga en tanto estos países sigan siendo católicos".

Siguiendo la misma línea de pensamiento, David Rockefeller recomendó en 1969, en oportunidad de una conferencia dictada en Roma, suplantar allí los católicos por otros cristianos .empresa que, como sabemos, está en pleno funcionamiento. En ambas expresiones la religión, o mejor dicho una confesión cristiana parece ser el factor fundamental socio-político y político-económico para un modo de desenvolvimiento de las estructuras políticas y sus posibilidades económicas.

Esto recuerda la tesis de Max Weber sobre la relación íntima entre capitalismo y calvinismo, entre la configuración del orden económico y la idea religiosa determinante.

Parecería haberse invertido la idea de Marx: no sería la economía lo que produce el concepto religioso sino la orientación religiosa básica lo que decide acerca de la índole del sistema económico a configurarse. La noción de que sólo el protestantismo puede producir una economía libre mientras que el catolicismo no contempla la necesidad de una educación dirigida a la libertad y la autodisciplina sino que favorece los sistemas autoritarios sigue muy difundida. Por otro lado, ya no podemos considerar el sistema liberal capitalista como la salvación del mundo, de acuerdo con el optimismo de la era de Kennedy y sus cuerpos de paz. Mi primera recomendación sería, entonces, una autocrítica de las confesiones cristianas en cuanto a su ética política y económica, que no puede agotarse en un diálogo interno de la Iglesia y que sólo será fructífero en la medida en que participen de él los cristianos que ocupan lugares clave en la economía.

Una vieja tradición hace que éstos a menudo consideren su condición de cristianos como propia del ámbito subjetivo mientras que como economistas obedecen las leyes de la economía; el mundo subjetivo y el mundo objetivo serían incomunicables. Lejos de ello, lo importante es que lleguen a encontrarse en un modo que los una en forma pura y sin separación. Se hace evidente en la historia de la economía que la conformación de los sistemas económicos y su vinculación con el bien común depende de una cierta disciplina ética que a su vez sólo puede emerger y obtener su aliento vital de las fuerzas religiosas. A la inversa, también comienza a evidenciarse que la declinación de tal disciplina provoca el desmoronamiento de las fuerzas de mercado.

Una política económica no sólo comprometida con un bien sectorial o el bien común de un determinado Estado, sino con el bien común de la familia humana exige un máximo de disciplina ética y por ende un máximo de fuerza religiosa. La formación de una voluntad política basada en las leyes internas de la economía que se proponga el mismo elevado fin parece de realización imposible a pesar de cualesquiera solemnes afirmaciones humanitarias; sólo se lo podrá realizar si para ello se liberan fuerzas éticas totalmente nuevas. Pero una moral que crea posible prescindir del conocimiento objetivo de las leyes económicas no es moral sino moralismo, que es lo contrario de la moral. Y una objetividad aparente que pretenda existir sin la ética desconoce la realidad del hombre y con ello deja de ser objetiva. Hoy necesitamos un máximo de razonamiento económico pero también un máximo de ética que permita poner la razón económica al servicio de los verdaderos objetivos y que sus conocimientos sean políticamente realizables y socialmente viables.

Con todo lo antedicho no quise ni pude dar respuestas a los interrogantes que nos preocupan: no poseo el criterio económico necesario, pero intenté hacer un planteo de extrema urgencia respecto de lo que nos ha traído aquí. Esperemos que resulte posible dar un paso adelante en la necesaria comunidad entre ética y economía que nos conduzca a mayores conocimientos y mejores acciones proveyendo más paz, más libertad y más unidad en la familia humana.

Fonte: http://www.ucalp.edu.ar/ratzinger.html

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